Aurelio F Concheso// La Enfermedad Holandesa es un fenómeno al que están expuestas las economías en las que un sector de recursos naturales exportables, como petróleo y gas, experimentan un incremento desproporcionado en sus precios, causando una revaluación de la moneda que resta competitividad a otros sectores de la economía. Y se denomina así, además, por la manera como las exportaciones de gas natural de Holanda durante los años 60 produjeron ese efecto sobre el Florín holandés.

Uno de los argumentos principales de quienes se oponen a la dolarización en Venezuela, por cierto, es que, ante una eventual situación futura de enfermedad holandesa, al no poder manipularse la moneda local, las demás actividades perderían competitividad. Y nada más lejano de la verdad, pues mal puede haber revaluación si no hay una moneda local que así se comporte.

De hecho, Venezuela tuvo enfermedad holandesa 30 años, antes que Holanda. Y eso sucedió cuando Estados Unidos devaluó el Dólar contra el oro en 1933. Inclusive, solo dos países no lo hicieron: Suiza y Venezuela. Sin embargo, Suiza pronto se dio cuenta de su error y devaluó. Pero en el caso venezolano, la paridad del Bolívar se evaluó de Bs. 5 por dólar a Bs. 3.35 por $, y allí permaneció un largo tiempo.  Por ese motivo, inclusive, mientras el país se industrializaba, fue necesario apelar a mecanismo como licencias de importación y altos aranceles para proteger a una industria incipiente.

Ese problema realmente no existe en una economía dolarizada. En esa situación, la competitividad -o falta de ella- más bien estará dada por una relación entre los salarios y la productividad local, con la de aquellos países con los que comerciamos. Si asumimos un salario mínimo comparable al que había en 1998 de $ 100 mensuales, la brecha con los vecinos es muy amplia.

A título de ejemplo, el salario mínimo en Ecuador excede los $ 300 mensuales. Pero, más aún, en los estados petroleros de Estados Unidos, nuestros principales clientes y, a la vez, competidores en la industria de mayor ventaja comparativa, petróleo y gas, es casi de $ 2.000 por mes. Eso quiere decir que un trabajador americano tendría que ser 20 veces más productivo que uno local, para que los costos de lo que este produce estén fuera de mercado. Lo mismo puede decirse de cualquier actividad como, por ejemplo, el turismo. Paris y Orlando son visitados por 16 y 38 millones de turistas al año, respectivamente, y los salarios no son precisamente de hambre.

Obviamente, la productividad es clave. A grandes rasgos, ésta se mide por unidades producidas por hombre-día empleado. Hace 20 años, Petróleos de Venezuela producía 75 barriles diarios por trabajador, pero hoy, veinte años después, produce la mitad con el triple de personal, lo que da unos 12 barriles. SIDOR, en manos privadas, llegó a producir 4 millones de toneladas con 4 mil trabajadores, lo que daba 5 toneladas por trabajador cada día. Hoy esa cifra ha descendido a 0,13 toneladas, para una reducción de 97%. Claro que las cifras del colapso presente son insostenibles, pero las que existían hace 20 años permitían que Venezuela fuera más que competitiva en esas actividades.

La productividad no tiene que ver tan sólo con el trabajador, sino también con las herramientas que se le proporcionan al mismo, y eso, a su vez, tiene que ver con inversión de capital, lo cual es responsabilidad de la empresa. Definitivamente, no es lo mismo labrar la tierra con escuadrilla que con un tractor de última generación, con GPS y láser. Por consiguiente, si las herramientas no son comparables, los salarios no lo serán tampoco. Pero un país que tenga el excedente de recursos que produce una enfermedad holandesa, tiene los medios para proporcionarle a sus trabajadores herramientas de última generación, permitiéndoles aspirar a salarios comparables a los de los países con los que comercia, sin tener que apelar a los mecanismos de manipulación monetaria que la dolarización elimina del arsenal de políticas públicas.