El totalitarismo tiene en ejecución un plan perverso de sembrar desesperanza, muchos no logran visualizar un camino dentro de la penumbra. Sin embargo, ese sentimiento de impotencia puede cambiarse. Los que vivimos bajo este sistema no tenemos por qué ser siempre débiles y los dictadores no es necesario permitirles que sigan siendo siempre poderosos, no son eternos, también son vulnerables.

Las características clave del estado totalitario es su sistema de adoctrinamiento, propaganda, aislamiento, intimidación, instigación y lavado de cerebro logrando lealtades incondicionales al régimen. Su base central no es la aniquilación física, sino la destrucción psicológica que mata esperanza y humanidad, es la liquidación del espíritu.

No es incapacidad ni mucho menos negligencia su accionar. La destrucción del aparato productivo permite al régimen el control de las masas al ser el poseedor de alimentos y medicinas. Someten a las personas con manos suaves, lentamente. El hambre y el instinto de supervivencia de los enfermos obran a favor del victimario el cual pasa a convertirse en salvador.

El totalitarismo venezolano tiene un ingrediente adicional: una morbosa corrupción. Los complejos y el poder acumulado han convertido al grupito de gobierno en una bacteria devoradora. Para lograr su libre actividad punitiva han corroído todas las instituciones del Estado y de la sociedad. Han diseñado mecanismos financieros para manejar “legalmente” grandes masas de divisas desangrando a uno de los países más ricos.

Sin embargo, pese a los años de experimento, el sistema está débil. El cansancio y las expectativas frustradas han comenzado a hacer mella en las incondicionalidades. La incapacidad de adquirir alimentos, medicinas, calzados, vestidos, artículos de higiene personal, el deterioro y colapso de los servicios básicos de agua potable, energía eléctrica y transporte, el hostigamiento del hampa común y organizada y la desintegración del núcleo familiar por la emigración forzada ha comenzado a dirigir la mirada hacia otro lado.

Los ciudadanos demandan un cambio urgente. Las instituciones de la sociedad deben asumir la responsabilidad histórica, no hay tiempo para satisfacer ambiciones personales, seguir dirigiendo grupos y continuar con las descalificaciones entre opositores. Deben entender que las oportunidades políticas para algunos dirigentes ya pasaron, continuar forzando y tejiendo para individualidades es una mezquindad asesina.

Es tiempo de tender la mano, el descontento y las necesidades que los civiles padecemos también las sufren los otros. Todos somos necesarios, todos somos útiles. Busquemos a los mejores, a los ciudadanos cuya trayectoria de vida y profesional garantizan una transición necesaria. No importa si son o no políticos. El consenso para su elección se debe soportar en un gran pacto nacional que permita encausar nuevamente la república con sangre nueva tras los sueños viejos.

Todo depende de la voluntad sincera y el compromiso desprendido por trabajar trasparentemente y sin descanso hasta alcanzar una Venezuela de progreso y bienestar. El cambio depende que un sector organizado termine de decidir el papel histórico que la realidad demanda. O perdemos la patria en manos de los corruptos o damos el paso adelante de la mano de la sociedad honesta y trabajadora hija de nuestros ilustres libertadores. No hay tiempo, paremos el genocidio.