Unidad, compromiso y prudencia son elementos esenciales que, a juicio de Ramón Guillermo Aveledo, hacen falta para avanzar en una transición política exitosa. Aunque admite con cierta resignación que en la política venezolana el personalismo marca la pauta, cree que liderazgos como el de Henri Falcón, María Corina Machado, AD y los que se aglutinan en torno a lo que va quedando de la Mesa de la Unidad Democrática, tienen intereses mínimos compartidos, más que insalvables divergencias.

En una entrevista a la que accedió vía email, Aveledo ofreció a Crónica.Uno su visión del estado actual de la coyuntura política y el papel que los partidos, los liderazgos, la Asamblea Nacional y los magistrados en el exilio pueden jugar a favor de una transición.

¿Las transiciones políticas se decretan? ¿Es posible ordenar una transición? Le pregunto esto porque el año pasado la AN creó una Comisión Especial para la Transición –que no avanzó en ninguna dirección- pero cuyo objeto era garantizar el éxito de ese proceso.

–Normalmente sabemos que fueron transiciones solo después de que ocurren. Puede que a medida que se avanza en ellas algunos actores se den cuenta de que el proceso está en marcha. En la transición venezolana conducida por López Contreras y, luego, por Medina Angarita, hasta la Revolución de Octubre (e incluso después) no se la reconocía sino como una continuación del gomecismo. Igual ocurrió en la transición española luego de que a la muerte de Franco, Adolfo Suárez la condujo con una combinación de tacto y audacia.

¿Cuáles son los factores desencadenantes o necesarios para que ocurra una transición política y cuáles de esos factores se están dando en Venezuela en este momento?

–Del término transición se abusa, al punto de olvidar que se trata de un proceso casi siempre de reforma y no de ruptura. En el libro Transiciones democráticas: Enseñanzas de líderes políticos, Abraham Lowenthal y Sergio Bitar estudiaron transiciones exitosas en América Latina, Europa, Asia y África. De lo que dicen los líderes de procesos reales, ellos han concluido que hay que irse moviendo hacia delante, de forma progresiva; que hace falta una visión esperanzadora e inclusiva, construir convergencia y coaliciones, crear y proteger espacios de diálogo, trabajar en la norma constitucional, atender a la importancia de la economía política de la transición y el papel de los partidos políticos, lograr el control civil de lo militar, la policía y de los servicios de inteligencia, una justicia transicional. El apoyo externo vale y vale mucho.

Los estudiosos de las transiciones también hablan de la importancia de “generar una ruptura del bloque dominante” para desencadenar el proceso. ¿Cree que la oposición en Venezuela está haciendo algo efectivo en aras de lograr esa ruptura?

–En el libro de Lowenthal y Bitar, en la entrevista a De Klerk, el líder sudafricano blanco, leí que era crucial que los dos lados estuvieran conscientes de la inevitabilidad del cambio. Eso aquí no se nota del lado gubernamental y hay algunos sectores de la oposición que parecen creer que este aparecerá por un hecho sobrevenido y ajeno a ellos. Así pasó en Argentina, cuando la dictadura militar metió la pata en la Guerra de Malvinas, pero es inusual. Es la política la que logra esos movimientos, nunca la antipolítica.

Hay otro factor que para los estudiosos es fundamental: la unidad de la oposición. Pero, en las actuales circunstancias de fraccionamiento, ¿qué tan posible sería que el poder pase de manos de Maduro a algún otro sector vinculado a su gobierno?

–La unidad de la oposición es un factor clave en circunstancias como las nuestras, porque es elemento central de la credibilidad interna y externa. Claro que también puede ocurrir que, al no sentirse amenazada, la coalición de poder se confíe y priorice la lucha en su propio seno, pero con eso no se puede contar. En España, por ejemplo, había dos núcleos opositores, uno en torno al PSOE y otro en torno al PCE, pero allá la decisión de la Corona y del grupo reformista en el seno del régimen era claramente aperturista.

No hay fórmulas mágicas, pero creo que las dificultades intrínsecas al cambio serían menores con la oposición unida. No hay que confundir, porque son distintos, estrategia política con discurso político. Creo que las tres oposiciones que tenemos en Venezuela, la más a la izquierda cerca del exgobernador Henri Falcón, la más a la derecha de la ingeniero María Corina Machado y la posición centrista, con los partidos de la MUD y AD, no tienen entre sí diferencias abismales.

Pueden perfectamente acercarse en un espacio común con objetivos mínimos compartidos. Pero Venezuela siempre ha sido más un país de quién que uno de qué. Las personas, las personalidades y los personalismos siempre han contado más de la cuenta.

¿Qué valor le da al hecho de que, en este contexto, esta semana se haya dado una reunión entre Henrique Capriles, Henri Falcón y Henry Ramos?

–Cualquier intento a favor de la unidad tiene mi simpatía y le deseo éxito. Este depende de que no se quede ahí, en un pequeño grupo que se reúne, por más importante que sea y los nombrados lo son. Tiene que ser más amplio y atreverse a mucho más que reunirse. Pero, sobre todo, el éxito va a depender de la sinceridad del compromiso unitario.

Unidad en torno a una esperanza, sintonía con el drama social y económico, que es la causa de que una mayoría aplastante del país quiera cambio, y hacer, hacer todos los días, no necesariamente gestos dramáticos, pero hacer constante; combinar las herramientas de la lucha política: opinión pública, protesta cívica, activismo internacional, rescate del voto, uso intensivo e inteligente de la tribuna parlamentaria y, cuando sea oportuno y eficaz, diálogo. Cuando hay objetivos claros, se avanza, aun en un medio tan hostil como el presente.

¿Qué ha hecho la Asamblea Nacional como institución este año para lograr la transición?

–La Asamblea Nacional, como depositaria legítima de la soberanía popular y expresión de un poder constitucional, puede ser utilísima al cambio. No se pueden ignorar las gravísimas limitaciones en que trabaja, casi heroicamente. Creo que solo interesadamente se puede obviar el cerco vil que se le ha impuesto. Existir y resistir es, de por sí, una gran contribución. Siempre puede hacerse más y hacerse mejor, sobre todo en materia de sintonía con el sístole y el diástole de este país atribulado por la crisis.

Los magistrados del TSJ que se instalaron en el exilio han ordenado días atrás a la AN solventar el vacío de poder que, a juicio de ellos, existe en la presidencia de la república. ¿Decisiones de esta naturaleza abonan o minan el camino para una transición ordenada?

–Que unos abogados sean perseguidos y acusados por haber aceptado una designación por la Asamblea Nacional, que hayan tenido que marcharse del país, es de por sí revelador de la quiebra escandalosa de nuestro Estado de Derecho. La buena voluntad internacional que han logrado debe ser bien aprovechada en la dirección de acercar el cambio, y en esa tarea no hay que olvidar jamás la virtud de la prudencia. Sé que un buen grupo de esos magistrados está, literalmente, pasando trabajo en el exterior.

Ayudarlos es un propósito noble, Dios quiera que nadie pretenda utilizarlo para ideas que pueden sonar a plan, pero no necesariamente lo son. Les tengo respeto y consideración como personas, por eso les recomiendo proceder con mucho tiento. La base de la autoridad moral de la aspiración de cambio es que esta se desarrolle con apego a la democracia y en defensa del restablecimiento de la Constitución.