Por Lidis Méndez / El desplazamiento forzoso de millones de venezolanos a lo largo de toda América Latina, es un fenómeno que activó en menos de 15 días las alarmas de los Organismos Internacionales, jefes de Estado, ONG´s y sociedad civil. Coherencia, contundencia, efectividad  y  cooperación es el hilo conductor las declaraciones de los voceros de distintos países. Ciertamente, las penurias de los inocentes dentro y fuera del territorio dejan ver claramente que el régimen no caerá por votos, fuerza o poder; el socialismo del siglo XXI quedará disuelto irónicamente por su bandera de lucha: la justicia social y la integración regional.

La ansiada “transformación” de los primeros años de revolución fue mutando hacia un mecanismo de represión social que hizo retroceder  políticamente a la nación hasta los estadios en la cual se encontraba a mediados  del siglo XIX. Con el abuso de propaganda,  política y poder se implantó una conformidad automática y mimética en diversos sectores de la sociedad: pobres, clase media, obreros, industriales, empresarios e incluso a algunos políticos de oposición terminan pareciéndose tanto al discurso “socialista” que actualmente resulta difícil distinguirlos entre sí.

Las cartas están echadas, y quienes deciden migrar tienen un arduo camino por delante tanto para salir del país, como para ser acogido por otro. Sin embargo, la suerte al quedarse no es mejor, puesto que el engaño, la manipulación, el control y la sumisión ante el sistema están a la orden del día.

El nefasto paquetazo económico genera entre los venezolanos libres, activos, luchadores y emprendedores el  dilema de  migrar e intentar progresar en otras latitudes; o  carnetizarse en el portal virtual de lo que queda de patria para sobrevivir.

Promesas como “Toda mi vida y por amor a un pueblo, la dedicaré hasta el último segundo de ella, para la lucha por la democracia y el respeto de los derechos humanos. Yo lo juro”, resuenan en la historia como cuencos vacíos, pero los efectos de la diáspora si que hacen bastante ruido. Por otro lado, la carnetización resulta vergonzosa y el precio que se paga es bastante alto: aceptar el condicionamiento político para recibir “ayuda social” y compartir una realidad distinta a la que realmente deseamos atenta directamente contra nuestra integridad.

Ciertamente en momentos de crisis ningún extremo es benevolente; el solo hecho de que nos obliguen a tomar una decisión entre la migración y la carnetización es una señal de alerta, ya que estaríamos decidiendo en función de elementos negativos como el miedo, mera conveniencia, amenazas o desesperanza. Las decisiones vitales no pueden hacerse esperar, por tal motivo es necesario enmarcarlas en un plan donde estén presentes la valoración de la vida, la integridad personal y familiar, el sentido de la libertad, el respeto a las leyes y normas de convivencia establecidas.