Por Román Ibarra / Para quienes respetamos, y amamos a España como a nuestra propia tierra; somos admiradores de su historia, y su herencia cultural, no dejamos de preocuparnos por su situación política, social y económica, así como también sufrimos las calamidades de Venezuela, precisamente en esta circunstancia en la que estamos atravesando por una crisis inédita en nuestra historia republicana.

Es obvio que España hoy está infinitamente mejor que nosotros, a pesar de que en tiempos, más o menos recientes, otra era la realidad. A mediados del siglo pasado, grandes cantidades de españoles: gallegos; asturianos; catalanes; vascos, madrileños, y especialmente canarios –entre otros- llegaron a nuestro país para dar una contribución significativa.

Unos venían huyendo de persecuciones políticas de la postguerra, y del franquismo; otros por hambre, y buena parte de ellos buscando una tierra cálida en términos afectivos, y sobre todo, un lugar estable y pacífico que les permitiera establecerse para trabajar y ayudarnos con su experiencia laboral, y profesional en la formación de nuestra gente con menos conocimientos para entonces en algunos oficios como la hotelería, la industria, el campo, la gastronomía, para solo citar algunos importantes.

Entre nosotros construyeron una vida estable, amable, productiva, y llena de comprensión por parte de los gobiernos venezolanos, así como de nuestro pueblo siempre generoso para recibir y ayudar a quienes nos quieren acompañar de buena voluntad.

Fue de tal importancia la sinergia creada entre ambas culturas, que los españoles –seducidos por nuestras potencialidades- se quedaron y se fueron metiendo en nuestros huesos y nuestra piel para crear un mestizaje espectacular del que hoy el mundo es testigo en cuanto a talento humano, bonhomía, y hasta en la belleza de nuestras mujeres.

Para nosotros –libres de complejos tercermundistas- el 12 de octubre sigue siendo el día de la raza, el día del encuentro de dos culturas, y no la ridícula expresión del ¨día de la resistencia indígena¨ que solo existe en la mente febril de unos alucinados comunistas que ven en la xenofobia la justificación de sus odios, revanchas y deseos de venganza contra quienes, con aciertos y errores, forman parte indivisible de lo que hoy somos como ciudadanos, y como nación.

Hoy, luego de 40 años del pacto de la Moncloa suscrito por todas las formaciones partidistas españolas, por cierto como expresión de la experiencia del Pacto de Punto Fijo venezolano, han alcanzado una democracia muy importante, cuyo desarrollo presente y futuro está siendo amenazado por expresiones separatistas y violentas contra las instituciones y la sociedad, que de no ser contenidas por las fuerzas constitucionales, pudieran dar al traste con tan maravillosa experiencia sociopolítica.

Así como las fuerzas constitucionales de la España moderna fueron capaces de derrotar política y militarmente a los terroristas de ETA, hoy tienen que aliarse sin descanso para derrotar a quienes desde el separatismo y el nacionalismo mal entendido, pretender arrancar a Cataluña de la unidad española.

De allí que sea tan peligrosa esa alianza -contra natura- establecida por la actual dirigencia del PSOE con un partido de comunistas trasnochados y corruptos como los populistas de Podemos, junto a los separatistas minoritarios y extremistas de Cataluña, y el país vasco.

Pésimo servicio del PSOE actual a la democracia española, por la desesperación de alcanzar la presidencia del gobierno a cualquier precio,  haciendo concesiones lamentables a quienes quieren destruirla.

Los españoles tienen que reflexionar con serenidad y reaccionar positivamente para la defender la Constitución y su grandeza.

Necesitamos estabilidad y fuerza institucional para garantizar la democracia y erradicar el comunismo populista y corrupto allá y aquí.

¡Viva Venezuela, viva la Madre Patria!